El Miedo Parte 2: Las Máscaras del Miedo: El Síndrome del Impostor y el Perfeccionismo

En la primera parte de esta serie hablamos del miedo y de cómo, aunque puede doler, también puede enseñarnos y sanarnos. Hoy profundizaremos en dos formas muy comunes —y muy silenciosas— en las que el miedo se disfraza para pasar desapercibido: el síndrome del impostor y el perfeccionismo.

A veces el miedo no aparece como algo oscuro o evidente.
A veces se disfraza de éxito, de productividad, de responsabilidad, de “hacer siempre lo mejor posible”.
Se esconde detrás de frases como:
“Tengo que prepararme más.”
“Todavía no estoy lista.”
“No puedo equivocarme.”

Pero, en el fondo, la historia suele ser la misma:
el miedo silencioso de no ser suficiente.

  1. Síndrome del Impostor: el miedo a ser “descubiertas”

El síndrome del impostor es esa voz interna que susurra:
“¿Y si se dan cuenta de que no sé lo suficiente?”

No importa cuántos logros acumules, esa voz insiste en que tu éxito fue suerte, coincidencia o un error.
Y mientras más avanzas, más fuerte se vuelve, como si cada logro aumentara el riesgo de que alguien “descubra la verdad”.

Este miedo actúa en silencio: Te empuja a sobretrabajar. Te obliga a sobreprepararte. Te frena cuando surge una oportunidad.

Dice: “Si no lo intento, no puedo fallar.”
Pero lo que realmente quiere decir es:
“Si no me arriesgo, me mantengo a salvo.”

  1. Perfeccionismo: el miedo a no estar a la altura

El perfeccionismo suele disfrazarse de disciplina, excelencia y compromiso.
Pero muchas veces no nace del amor propio, sino del temor.

Cuando el miedo nos hace creer que los errores significan rechazo, comenzamos a pensar que ser perfectas es la única forma de ser aceptadas.
El perfeccionismo se convierte entonces en una armadura: Una armadura pesada. Una armadura frágil. Una armadura que nunca permite descanso.

Es un ciclo de autoexigencia, autocrítica y agotamiento.
Y detrás de tanta presión, suele haber una voz interior que dice: “Si lo hago perfecto, tal vez por fin me sienta segura.”

  1. Lo que estas máscaras tienen en común

Tanto el síndrome del impostor como el perfeccionismo son estrategias del miedo para protegernos del fracaso, del rechazo o de la vulnerabilidad.

Son formas de sobrevivir, no de vivir.

En algún momento pudieron ser útiles. Quizás nos ayudaron a avanzar cuando no nos sentíamos fuertes. Pero con el tiempo, se convierten en jaulas que limitan la creatividad, la conexión y la alegría.

Reconocer estas máscaras no es motivo de vergüenza. Es un acto de valentía y de compasión hacia uno mismo.

Es decir: “Hice lo mejor que pude con lo que tenía… y ahora puedo elegir algo diferente.”

  1. El rol de la terapia: quitarse las máscaras con seguridad

En terapia aprendemos algo que a veces olvidamos: nuestro valor no se mide por lo que hacemos, sino por quienes somos.

El proceso terapéutico ofrece un espacio seguro para:

  • Identificar los miedos que alimentan nuestras dudas.
  • Desmontar los pensamientos que nos dicen que no somos suficientes.
  • Practicar la autocompasión, no como un lujo, sino como una necesidad.
  • Reaprender que equivocarse no es fracasar, sino crecer.

La terapia invita a quitar la armadura, pieza por pieza, con respeto y con paciencia.
Y cuando eso sucede, aparece la versión auténtica de quien siempre hemos sido, la persona que merecía amor incluso antes de demostrar nada.

Cuando soltamos los estándares irreales, algo profundo ocurre: La paz regresa. La creatividad respira. La autenticidad florece. Dejamos de perseguir la perfección…y comenzamos a elegir la presencia.

Reflexión Final

Las máscaras del miedo quizás nos ayudaron a sobrevivir en algún momento, pero no están destinadas a acompañarnos para siempre.
Cuando permitimos que la terapia, la compasión y la fe nos guíen, descubrimos algo precioso:

la persona debajo de la máscara siempre ha sido suficiente. No por su perfección, ni por sus logros, sino por su humanidad, su verdad y su valentía.

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