En la primera parte de esta serie hablamos del miedo y de cómo, aunque puede doler, también puede enseñarnos y sanarnos. Hoy profundizaremos en dos formas muy comunes —y muy silenciosas— en las que el miedo se disfraza para pasar desapercibido: el síndrome del impostor y el perfeccionismo.
A veces el miedo no aparece como algo oscuro o evidente.
A veces se disfraza de éxito, de productividad, de responsabilidad, de “hacer siempre lo mejor posible”.
Se esconde detrás de frases como:
“Tengo que prepararme más.”
“Todavía no estoy lista.”
“No puedo equivocarme.”
Pero, en el fondo, la historia suele ser la misma:
el miedo silencioso de no ser suficiente.
- Síndrome del Impostor: el miedo a ser “descubiertas”
El síndrome del impostor es esa voz interna que susurra:
“¿Y si se dan cuenta de que no sé lo suficiente?”
No importa cuántos logros acumules, esa voz insiste en que tu éxito fue suerte, coincidencia o un error.
Y mientras más avanzas, más fuerte se vuelve, como si cada logro aumentara el riesgo de que alguien “descubra la verdad”.
Este miedo actúa en silencio: Te empuja a sobretrabajar. Te obliga a sobreprepararte. Te frena cuando surge una oportunidad.
Dice: “Si no lo intento, no puedo fallar.”
Pero lo que realmente quiere decir es:
“Si no me arriesgo, me mantengo a salvo.”
- Perfeccionismo: el miedo a no estar a la altura
El perfeccionismo suele disfrazarse de disciplina, excelencia y compromiso.
Pero muchas veces no nace del amor propio, sino del temor.
Cuando el miedo nos hace creer que los errores significan rechazo, comenzamos a pensar que ser perfectas es la única forma de ser aceptadas.
El perfeccionismo se convierte entonces en una armadura: Una armadura pesada. Una armadura frágil. Una armadura que nunca permite descanso.
Es un ciclo de autoexigencia, autocrítica y agotamiento.
Y detrás de tanta presión, suele haber una voz interior que dice: “Si lo hago perfecto, tal vez por fin me sienta segura.”
- Lo que estas máscaras tienen en común
Tanto el síndrome del impostor como el perfeccionismo son estrategias del miedo para protegernos del fracaso, del rechazo o de la vulnerabilidad.
Son formas de sobrevivir, no de vivir.
En algún momento pudieron ser útiles. Quizás nos ayudaron a avanzar cuando no nos sentíamos fuertes. Pero con el tiempo, se convierten en jaulas que limitan la creatividad, la conexión y la alegría.
Reconocer estas máscaras no es motivo de vergüenza. Es un acto de valentía y de compasión hacia uno mismo.
Es decir: “Hice lo mejor que pude con lo que tenía… y ahora puedo elegir algo diferente.”
- El rol de la terapia: quitarse las máscaras con seguridad
En terapia aprendemos algo que a veces olvidamos: nuestro valor no se mide por lo que hacemos, sino por quienes somos.
El proceso terapéutico ofrece un espacio seguro para:
- Identificar los miedos que alimentan nuestras dudas.
- Desmontar los pensamientos que nos dicen que no somos suficientes.
- Practicar la autocompasión, no como un lujo, sino como una necesidad.
- Reaprender que equivocarse no es fracasar, sino crecer.
La terapia invita a quitar la armadura, pieza por pieza, con respeto y con paciencia.
Y cuando eso sucede, aparece la versión auténtica de quien siempre hemos sido, la persona que merecía amor incluso antes de demostrar nada.
Cuando soltamos los estándares irreales, algo profundo ocurre: La paz regresa. La creatividad respira. La autenticidad florece. Dejamos de perseguir la perfección…y comenzamos a elegir la presencia.
Reflexión Final
Las máscaras del miedo quizás nos ayudaron a sobrevivir en algún momento, pero no están destinadas a acompañarnos para siempre.
Cuando permitimos que la terapia, la compasión y la fe nos guíen, descubrimos algo precioso:
la persona debajo de la máscara siempre ha sido suficiente. No por su perfección, ni por sus logros, sino por su humanidad, su verdad y su valentía.